Biografía

No creo que sea una persona sedentaria. De hecho, mi primer viaje aéreo lo hice poco antes de cumplir nueve años.
De África a Europa, de Libia a Italia, y quien piloteaba el avión era mi padre.

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Mi deseo de viajar, desde siempre latente, se manifestó completamente más o menos a dieciocho años cuando, sin un peso en el bolsillo, decidí viajar por Europa con un amigo. Por más de dos años recorrimos todo el continente, haciendo autostop y cualquier tipo de trabajo con el fin de juntar el dinero indispensable para sobrevivir.

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Fue en Copenhague que atravesamos grandes dificultades, porque nos quedamos sin trabajo y con pocos centésimos en la mano; no veíamos una salida.

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No nos quedaba otra cosa que la humiliación de volver a casa o inventarnos una solución que, al menos temporáneamente, postergase una derrota inevitable. En ese momento, tal vez por la desesperación, tuve una idea brillante. Sabía dibujar, nos quedaban todavía algunas monedas para poder comprar una caja de tizas de colores y, con las condiciones físicas ideales para superar cualquier obstáculo, teníamos finalmente la baraja ganadora. ¡Haríamos retratos a las mujeres!

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Desde entonces todo cambió. Ya no nos privábamos de comer, no teníamos miedo ni nos faltaba el dinero.

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En cambio, hermosas mujeres, locales nocturnos y restaurantes de moda a la noche. Mendigos cualificados pero bien pagados, durante el día. Fue propio en esos momentos de “dolce vita” que conozco una chica dinamarquesa, nos casamos y regresamos a Italia, donde vivimos juntos quince años y donde comienzo una actividad comercial.

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Mientras tanto continuo a escribir y compongo mis primeras canciones; en ese periodo tengo la oportunidad de intercambiar algunas experiencias musicales con Fabrizio de Andrè. Participo a muchos concursos literarios de poesia donde obtengo resultados alentadores y comienzo a colaborar con la revista yugoslava en lengua italiana “Panorama”. Me publican algunos poemas en la prestigiosa revista “Fenarete” y en otros peródicos del sector, hasta que la suerte me hace conocer nada menos que Eugenio Montale. Me demuestra enseguida su simpatía y de mi parte nace un interés apasionado por su persona. Desde entonces, todos los lunes, cuando viajaba a Milán por trabajo, iba a visitarlo en su casa, en Via Bigli numero 1.
De todos modos, una especie de temor reverencial me impedía de hacerle leer al menos uno de mis poemas, hasta que un día fue él mismo a preguntarme porqué todavía no le había traido algo de lo que escribía. Esa vez me dijo una frase que no olvidaré nunca: “Aún no entiendo si eres una de las personas más sinceras y correctas que haya conocido o solamente un tipo extremadamente astuto.”
E fue propio su franqueza que me dio la certeza de encontrarme frente al hombre más inteligente que hubiese conocido en mi vida. Esa certeza no sólo ha permanecido inalterada sino que se ha ido reforzando con el pasar del tiempo.
El lunes sucesivo le llevé casi todo lo que había escrito hasta entonces.
Por dos semanas no me dijo nada. Durantes nuestras charlas permanecía asombrado de su inteligencia y de su cultura enciclopédica que tocaba temas de filosofía y política, de arte y ciencia, de psicología y religión, y naturalmente de literatura y poesía. Nuestros diálogos me confirmaban que mis opiniones eran casi idénticas a las de él, y para mí era ya un maestro. La semana siguiente, por segunda vez, fue Montale ha abordar el argumento: “¿No te interesa saber mi opinión sobre lo que has escrito?”
Sentí que la tierra se abría bajo mis pies: “Muchísimo, de verdad” respondí temblando.
“¿Y entonces por qué aún no me has preguntado nada?”
“Porque tenía miedo de su juicio. Además, por el hecho de que no me haya dicho nada antes, estaba seguro de que su parecer fuese negativo.”
“Quiero darte un consejo. No participes nunca más a concursos literarios.”
Me sentí malísimo. Mis dudas se habían transformado en certezas. Lo que yo escribía no valía nada o, al menos, muy poco, y por tanto, implicitamente su consejo era el de no considerarme un escritor.
“Sí, entiendo” le dije mortificato. “Dejaré de escribir”.
“No has entendido absolutamente nada” respondió y, sonriéndome, me dijo una frase que me gratificó más allá de cualquier expectativa y que conservaré en mi corazón toda la vida. Una frase que, por una forma de pudor, nunca la he contado a nadie. Estimulado por sus palabras, aún después de su muerte, he tratado de no abandonar por ningún motivo mi pasión por la literatura, la poesia, la filosofía, la música y textos artítisticos.
A mitad de los años ochenta, una persona me eligió presidente de una asociación cultural de mi ciudad. Participé con entusiasmo ya que el objetivo era el de promover nuevos talentos literarios publicando sus obras y ofreciéndoles también la oportunidad de expresar sus opiniones en la revista de la asociación. Mi rol de presidente duró sólo pocos años, pero graciás a él me impuse el deber de dedicar todos los días una breve fracción de tiempo a la escritura.
Siempre pensé que una vida sin novedades no meritaba ser vivida y probablemente por esto he intentado dar a mi existencia, cuando era posible, alimentos nuevos. La última oportunidad la tuve cuando, yendo al consulado ruso por algunas informaciones, encontré una joven turista rusa que casualmente, como pude comprobar enseguida, era apasionada de literatura. ¿Qué podía hacer sino casarme con ella?

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Hoy, gracias a una concatenación de eventos, no por último mi matrimonio, finalmente he podido poner en práctica los consejos de Montale dedicando todo mi tiempo a la escritura. Y estoy seguro que sea consecuencial el hecho de que muy seguido tengo la sensación de que sea él mismo a complacerse de haberlo escuchado.

Y ahora, viajando con la mente, me embriago de espacio, formulando teorías que audazmente alargan mis manos tratando de abrazar a quien desea pensar, saber, comprender. Como trato de hacerlo también yo.

 

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