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La Nochebuena era el único día en el que mis padres nos daban el permiso, a mi hermano y a mí, para esperar la medianoche. Y era justo a medianoche que el Niño Jesús nos habría traído los regalos. Éste es el engaño más emocionante y más reconfortante que haya podido experimentar y del que no terminaré nunca de agradecer mi madre y mi padre.